sábado, junio 03, 2006

Brisa

Una tibia brisa me acaricia suavemente, mientras mis ojos asombrados dibujan sobre el horizonte la curvatura de un cielo rosa. Una extraña sensación me invade, todos mis pensamiento huyen y el desconcierto me asalta. Será posible que en un simple instante cambie todo. Sin salir de mi asombro trato de buscar una explicación. Miro a mi alrededor y no encuentro respuesta. En mi rostro nace una humedad que mi mano trata de saber que es.

Al momento de tocarme me doy cuenta que un maldito pájaro me utilizó de blanco, y ahora mi cara y mi mano están impregnados de ese elemento olorosamente desagradable. Un fluido blancuzco había interrumpido mis más profundos pensamientos y ahora no sabía como resolver esto. No tenía pañuelo y menos algún papel para sacarme esta mierda de la cara. Que día que estaba teniendo, no solo no podía disfrutar de la mañana sino que me faltaban medios para limpiarme. En un rato tenia que ir a trabajar. Lo inevitable se avecinaba.

Caminé una cuadra para encontrar una plaza. Por suerte había pasto, y sin dudarlo me dirigí al primer claro que vi. Terminé de sacarme con la mano los restos que tenia en mi cara. No estaba seguro si quedaba todo bien, pero confiaba en que ya no sentía nada. Rápidamente empiezo a frotar mis manos en el pasto, me sentía bien. Estaba solucionando mi problema y solo sería un desagradable recuerdo. Como estaba agachado sin tocar las rodillas el suelo, mi estabilidad no estaba asegurada, ya que mis manos estaban en la laboriosa tarea de frotarse contra el césped.

Ahora esa agradable brisa aparece de nuevo, pero con otra intensidad y otro efecto. Sin mediar aviso, y como si fuera a propósito, me empuja, desestabilizándome para atrás. Mis reflejos actuaron con unos rápidos movimientos de mis brazos, que pasaron también hacia atrás, para terminar apoyado en ellas sobre el suelo. Mi acción rápida y segura, me pone orgulloso. No había nada que me hiciera pensar distinto. Al final, el día no era tan malo. No solo pude quedar limpio, sino que había evitado ensuciar mi ropa con el pasto fresco y húmedo.

Al tratar de incorporarme, siento que la humedad del suelo sigue en mis manos. Otra vez humedad en mi cuerpo. Un terrible miedo me aborda. No podía mirarme las manos. Pero que sentido tenia esa situación. Tomé coraje, le eché un vistazo al asunto y lo peor se confirma, mis miedos se hicieron realidad. Ahora si que era un problema y grande. Las dos manos que tanto quería y cuidaba están teñidas de un marrón oscuro y chorreante. Expelían un hedor que tuve que retirar mi cabeza hacia el otro lado por el terrible asco que me producía. Que día de mierda estaba viviendo y toda estaba en mis manos.

Miré para todos lados tratando de pensar, esperando que nadie haya visto nada. Ya se me estaba haciendo tarde y yo en esa situación. Estaba totalmente paralizado, no se me ocurría que hacer. Repasé mentalmente las acciones pasadas, mirado el lugar del hecho. No me explicaba porque me estaba pasando a mí. Busque un lugar donde no haya ninguna sorpresa y trate de repetir el procedimiento anterior.

Descubrí que era peor, solo lograba untar más esa pasta viscosa y marrón por toda la superficie de mis manos. El pánico apareció y traté de incorporarme rápidamente. Corriendo, salgo hacia ningún lado, pero la agradable bruma de la mañana, le había agregado al suelo ese efecto deslizante que desenlazó en una caída. Y con la ropa de trabajo, la situación se estaba convirtiendo en catastrófica.

Mis manos amortiguaron el resultado pero el color de mi atuendo adquirió un alegre verde con matices de otros colores que ya no podía distinguir. Así, como estaba, en el suelo, sintiendo por toda mi humanidad un dolor, creo que más de orgullo que otra cosa. No tenía ganas de moverme. Pensaba, porque tenía que ser tan soñador, y porque malditas sea, me había puesto a mirar el cielo a la mañana cuando estaba yendo al segundo día de mi trabajo.

Me sentía tan bien conmigo mismo por encontrar este nuevo trabajo, que justo en esa perspectiva, cerca del mundo, me sentía tan bajo, claro que estar tendido en el pasto ayudaba ¿no? Pero no me dejaba sentirme de otra manera. Mis manos estaban igual. Mi ropa toda sucia. Y mi ánimo por el piso. Todo lo que la brisa me produjo hacía un rato, ni tenia sentido. Pero que problema. Si o si me tenía que levantar. Y al levantar la vista descubro que al lado de los juegos se encontraba una canilla ¡sí! Una maldita canilla de agua. El destino se estaba divirtiendo conmigo ¿Porqué no la había visto antes? Ya estaba todo echado, me dirijo hacia allí, y giro la perilla. Un chorro fuerte y cristalino solió, permitiendo que mis manos recobren su esplendor de las mañanas después del baño. Un alivio aparecía, pero todavía quedaba el problema de la ropa.

Primero miro el reloj, y me doy cuenta que faltaba un rato para entrar al trabajo. Contento miro hacia la esquina de la plaza, y una imagen celestial se aparece, era un lavadero. Mi corazón salta de la emoción. No salgo corriendo por precaución, pero mi paso es apurado y firme. Al entrar veo que no hay ningún cliente y todas las máquinas están a mi disposición. Además, hay un espejo que me permite evaluar la situación. No era tan desastroso.

Me saco la camisa y la corbata que son las más coloridas. La dueña del lugar me facilitó un cepillo para el pantalón y el saco, que después de una pasada no se notaba mi percance. A los diez minutos estaba mi camisa ceca y la agradable señorita que me estaba atendiendo se ofrece alegremente a planchármela. Tenía una mirada alegre, casi burlona. Había momentos que me parecía que también se estaba aguantando la risa. Con mucha curiosidad le pregunto que le causa tanta gracia, y resulta ser que fue mi gran espectadora en mi tortuoso trayecto por la plaza. Se reía tanto que me terminó contagiando. Sin darme cuenta todo lo que hasta ese momento era una tragedia se convierte mágicamente en algo divertido. Y más me parece divertido por la agradable y sonora risa de la mujer que tengo en frente. Ella se regodeaba contándome como me veía yo desde la esquina, y sobre todo, mi cara de pánico. Así, estuvo planchando la camisa por quince minutos. Me olvide por completo que llegaba tarde.

Ahora todas las mañanas en vez de disfrutar de la brisa, disfruto de unos mates con esta simpática mujer que me cambio la vida.


FIN

martes, febrero 28, 2006

Una típica mañana del sur

Este texto lo escribí en Ingeniero Jacobacci, Río Negro, Argentina, en un viaje por trabajo.

30 de Julio de 2000

Una típica mañana del sur.

Hay momentos que me sirven para pensar, recordar, y este es uno de ellos. En esta mañana, bien temprano salgo de la casa de mi tía, en la calle no hay nadie, la luz del sol se hace rogar y un manto blanco cubre la calle. Por suerte no hay viento, que siempre deja sus marcas por estos lugares. Mientras camino el ruido de la escarcha me acompaña, ese crujir debajo de mis pies, me animan a apurar el paso y así poder escuchar con mas fuerza. En estas pocas cuadras, miro a mi alrededor y veo las casas que siempre vi, pero en otra tonalidad. Sus colores más opacos le dan una personalidad que no tienen cuando hay luz, todos los detalles que me rodean, surgen con formas distintas, y juegan con las sombras. El cielo, bien negro y estrellado, me muestra su grandeza y no puedo creer la cantidad de estrellas que hay. En la ciudad no se ven ni un cuarto de ellas.

Ya en este mundo, me pongo a repasar lo que estoy próximo a hacer, verifico si llevo la llave, a ver si me tengo que volver y sentir más el frío. Pienso cuanto tiempo me va a llevar, y resuelvo que no voy a tener problemas.

Entre mis paso, me permito divagar, y recuerdo la época que viví en este pueblo, tiempos felices aquellos, todo juego y diversión. Que miedo le tenia al viento, pensaba iluso, que me podía llevar volando, y cuando soplaba, buscaba refugio en el primer poste que veía. Tenia muchos amigos, creo, y que lindo la nieve. Después, el tiempo, haría su trabajo y todo eso perdería significado, hoy, tras mis pasos solo quedan pequeños recuerdos de pequeños momentos.

Hoy estoy trabajando, en el lugar donde jugaba. Nunca soñé esto, para mí, el pueblo es familia, conflictos, y aburrimiento. Si hoy es todo muy aburrido, tan acostumbrado estoy al ritmo de ciudad, que esto me incomoda. ¿Cómo puede ser que a esta hora no haya nadie? Todos se toman su tiempo, para todo.

Me encanta el ruido de mis botas crujiendo sobre la helada, estoy fascinado, casi es un embrujo que me lleva mas adelante de lo que estoy. Todo me invita a seguir volando, el vapor de mi boca que hace dibujos con el viento, el frio que me llega desde mis manos, pero no tirito, es una mezcla de sensaciones muy lindas. Visualizo a mis amigos en lo que pueden estar haciendo en estos momentos. Levantándose, tomando un café, corriendo al colectivo... Me alegra tenerlos, y poder pensar en ellos, en este frió día, me hacen falta. Extraño esas charlas cotidianas en donde nos contamos el día, tan lejos me siento ahora. En donde estoy, parece tan inhóspito, no hay nadie en la calle y acentúa lo que ciento.

Ya voy llegando y vuelvo a esta realidad, tengo que encontrar la llave, ¿Cuál de estas era?

domingo, setiembre 11, 2005

Una monedita...

La mañana se presentaba con toda su gala, el cielo no podía estar más limpio. La ciudad se empieza a mover con su típico desenfreno, los colectivos y su espectro gris que los secunda van tiñendo a la atmósfera.

Las personas en su mundo se amontonan en la entrada al subte, Chacarita es un hervidero, olas al ritmo de los trenes rompen al borde del andén.

Alrededor de todo ese anonimato continuo, esta Juan, quién sabe de donde vino. “Una monediiiita.... y que Dios los bendiga.” Grita sin cesar, es su canto desde la mañana hasta alguna hora de la tarde donde desaparece. Su mirada esta mas allá de las personas, aunque las llame para pedirles, él no les habla. Solo canta su himno, como si fuera lo único que supiera decir.

En su voz, en su tono, se siente los años duros e infelices, que sus ojos ocultan. Su piel, oscura de mugre, tiene escrita su historia y su triste final. Pareciera que nadie lo quiere, ya forma parte de la vista común de esa entrada gigante del subte. Miles de personas pasan junto a él, solo algunos se apiadan y les dejan sus vueltos. Y quizás ninguno se de cuenta que esa persona esta junto a ellos como todo lo que les rodea.